Una enfermedad de nuestro tiempo. Anorexia y Bulimia

Según datos difundidos, la Argentina es uno de los lugares donde la anorexia y la bulimia poseen una presencia significativa en su población siendo su temprana aparición, en general, el inicio de la pubertad.
Si bien su expansión preocupa también se encuentran distintas alternativas que se ofrecen como forma de responder a este sufrimiento, aunque no necesariamente resulta de esto una disminución del fenómeno.

Esta preocupación atañe tanto a profesionales de la salud como a Instituciones a las que asisten estas pacientes con un pedido de ayuda frente a lo que las aqueja.
Instituciones tanto públicas como privadas ofrecen tratamiento para la anorexia – bulimia y si se acude a internet  se observa que la oferta se multiplica significativamente.

Encontramos pedidos de ayuda que parten del entorno, la familia, los amigos que impulsan al sujeto a la consulta. También los médicos asumen este rol, por ejemplo, los odontólogos que en su práctica descubren signos en el cuerpo que conducen a orientar la derivación.

Como síntoma social

Tanto la anorexia como la bulimia son enfermedades propias de sociedades avanzadas. La adolescencia resulta ser un campo propicio para su emergencia y si bien entre las mujeres es más recurrente en los últimos tiempos se observa un incremento en la aparición entre varones.
Cómo abordar este fenómeno epidémico que se caracteriza por el rechazo obstinado al alimento y el impulso al atracón seguido por la práctica del vómito u otras formas de evacuación de las sustancias del cuerpo?

Desde ya, habrá que ampliar esta perspectiva y considerar otros aspectos que concurren a la transformación de la posición del sujeto en las sociedades avanzadas, o bien en otras como la nuestra no tan desarrollada pero que comparte ciertos rasgos comunes a las primeras.
Uno de ellos es la tendencia al consumo, otro es el valor asignado a la imagen y el abandono de la relación a la escena de la comida en familia y entre amigos. Estos y otros datos enmarcan el aspecto social de la enfermedad, sea en su forma ascética del rechazo, sea en su forma bestial de devorar, ambas alternativas muestran la tendencia de estos sujetos a aislarse del Otro.

Es evidente que hay una inadecuación entre la oferta y la demanda en distintos niveles. Repasemos estos términos.
Al nivel del la relación que se plantea desde el inicio entre el niño y la madre, es ésta quien dice lo que el niño quiere. En principio lo que se muestra es la dependencia del niño con respecto al Otro. La demanda no viene por sí, sola, sino que se instaura en la infancia cuando la madre da señales de haber percibido la necesidad del niño interpretándola. Esto quiere decir que entre ambos términos hay una inadecuación a la que se agrega un tercer término que es el deseo, insatisfecho por definición puesto que cuando se desea siempre se quiere otra cosa. En los casos patológicos el juego de estos términos se presenta bajo la forma de una exigencia, tal como si se dijera te exijo que me pidas. Frente a esto la respuesta es el rechazo en distinto grado y hasta límites extremos que se expresa en el cuerpo cuando algo de la pulsión aparece.
Esta situación se instala en el marco de una idealización de un cuerpo sin necesidades que se acerca a dar muestras de una satisfacción cercana a lo que se llama apetito de muerte.
Si se agrega la incidencia de la sexualidad en la pubertad, lo que caracteriza a este tiempo en las mujeres es la evidencia de los cambios corporales. Se suele  resaltar más el aspecto del narcisismo y de la falta de autoestima en detrimento de valorar la dimensión de los cambios por la incidencia del factor sexual.
Vincular este problema al autocontrol ¡no sería acaso fortalecer aquello mismo que enferma!

Un apetito bestial

Conviene retornar a la etimología del fenómeno bulímico, del griego hambre de buey, lo que sitúa desde el inicio cierto carácter incontrolado del rapto alimentario.
Decir hambre de buey es situarlo al margen del hambre humano, en ocasiones referido así por las mismas pacientes: un hambre que cesó de ser humano. Este hambre va acompañado de rumiación psíquica. Más que avidez, es un hambre que se vuelve una razón de ser, alcanza un paroxismo donde: encías, paladar y saliva, toda la boca se inflama.
Surge una necesidad de sobreabundancia, comer sólo puede ser comer mucho. Es necesario el exceso, la saturación. Eso mismo hace del alimento un producto amnésico que impide la diferenciación entre los sabores. Comer se convierte en ocupar el cuerpo. La única ley que impera es aún más para hundir al sujeto en una hipnosis oral.
Si el objeto posee valor de uso, es en el intercambio que llega a funcionar simbólicamente, esto es que pueda ser rechazado y dado.
La bulimia en su relación al objeto alimento despliega algo del orden del odio que se dirige a toda discontinuidad. La negación radical a toda temporalidad erradica el trayecto obligado de todo objeto oral. El tiempo es vivido como demasiado rápido, interminable, contrariando los horarios, los ritmos biológicos del hambre, de la saciedad del sueño, tiempos que van a contrapelo de un narcisismo para el que sólo cuenta el tiempo subjetivo. Así el sujeto organiza el curso de las cosas de modo tal que el alimento bajo la forma de atracón deviene una fatalidad. El sujeto bulímico se encuentra en un tiempo indeterminado, tiempo de espera del próximo raptus, entre la decisión deliberada de consumir y el estado final de esclavitud.
La ritualización caracteriza estos episodios; cada vez, una vez, aunque eso dure años.
Ante la empresa alimentaria y a posteriori de ella dirá: es la última. Como marco se elabora mentalmente el escenario que se jugará inexorablemente: la elección del negocio, la compra de alimentos listos a consumir que se incorporan con frenesí. Ningún acontecimiento se interpondrá frente a este programa. En este desarreglo surge una problemática ligada a la depresión; el alimento toma el lugar de toda posibilidad de representación psíquica; una suerte de mimetismo de la incorporación.

Clarisa Kicillof

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