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¿Cuándo
pedir ayuda profesional?
Padecer
de más en
los tiempos de la
Universidad
Por Lic. Carolina Collado
Cada momento de la
vida tiene sus particularidades, su lado positivo
y su revés. Hay circunstancias
y deseos que exigen que tomemos decisiones, que
nos llevan a alcanzar cosas nuevas y a dejar
de lado otras también valiosas. Estos
momentos afectan a cada uno de manera diferente;
hay quienes consiguen vivirlos con alegría
o al menos con calma y para otros representan
una verdadera dificultad. El tránsito
por la universidad no es ajeno a estas vicisitudes. El
ingreso, su transcurso y hasta el egreso mismo,
pueden convertirse en motivo de angustias, miedos,
inseguridades, dudas en la orientación
vocacional, inhibiciones, desgano… una
lista que podría extenderse aún
más.
Por
supuesto que esto no es privativo de los jóvenes,
ni mucho menos exclusivo de aquellos que
concurren a la facultad, pero sabemos que en
el escenario universitario pueden combinarse
circunstancias que a muchos estudiantes les causan
variados y excesivos sufrimientos: la inserción
en nuevos grupos, los exámenes, las nuevas
responsabilidades, el requerimiento de tiempo
si es que también se trabaja, la inserción
laboral, la relación con los pares, los
profesores… entre otros posibles de nombrar.
¿Y
cuándo se viene a estudiar a Buenos Aires
desde el interior o el exterior dejando atrás
la familia, los amigos, los lugares? Es
una experiencia muy pocas veces sencilla, coincidiendo
en ese momento sentimientos, incertidumbres y
miedos.
Para
los jóvenes que vienen a Buenos Aires
desde el interior se pone en juego el gran cambio
que significa pasar de una ciudad o de un pueblo,
a esta otra, “la gran ciudad” que
es sentida hostil, amenazante, demasiado veloz,
inabarcable y con códigos complejos y
diferentes. Generalmente se pasa de haber
vivido en casa de los padres, a vivir solo por
primera vez, o a tener que convivir con hermanos,
amigos, o hasta con desconocidos. Y cualquiera
de estas circunstancias, que posibilitan nuevas
experiencias, puede traer aparejado, en muchos
casos, un alto costo psíquico.
Por
otro lado, cuando se arriba desde otro país,
la diferencia cultural que se percibe hasta en
los más pequeños detalles, puede
generar inseguridades, conflictos en los lazos
con los otros, vacilaciones y hasta la puesta
en cuestión de los parámetros anteriormente
afirmados, promoviendo la angustia, etc.
En
ambos casos, ¿Qué hacer cuando
se instala el desgano, la culpa por los bajos
rendimientos, las presiones por las expectativas
reales o imaginadas, una autoexigencia
feroz, el extrañamiento? Por nombrar sólo
algunos ejemplos de las manifestaciones sufrientes
que pueden causar -en el mejor de los casos- a
la consulta.
A
veces es difícil discriminar cuánto
hay de decisión propia en el venir a estudiar
a Buenos Aires. Se combinan situaciones
que complejizan la cuestión; se mezcla “la
obligación” de realizar una carrera
universitaria, con que los amigos hayan elegido
el mismo lugar, con las opiniones y deseos de
otros…¡Y ni hablar de que haya hermanos
instalados y hasta un departamento! ¡Todo
resuelto! ¿Qué lugar para
la elección? ¿Para preguntarse
y elegir intentando respetar lo que se desea? ¿Pero …se
sabe qué se desea?
Puede
darse que, terminando la universidad, en lugar
del alivio y la felicidad imaginados para ese
momento, lo que surja sea angustia. Es
muy habitual la manifestación de dudas
y miedos en relación a la inserción
laboral que depende, no sólo del mercado,
sino también de la posición que
cada uno pueda poner en juego en ese momento.
Del
mismo modo, al tener que evaluar la posibilidad
de seguir en la Capital o volver a la ciudad
natal, se pueden abrir complejas alternativas
reales o fantaseadas que dificulten la resolución
sumando sufrimiento. O aun con la decisión
tomada, aparecer miedos paralizantes que lleguen
a veces hasta crisis severas como por ejemplo,
lo que comúnmente se nombra como ataque
de pánico. ¿Cuáles
son los parámetros para afrontar esas
decisiones? ¿Qué se toma en cuenta
para el sí o para el no? ¿Hay noción
de los factores en juego? ¿Qué se
gana y que se pierde en esa circunstancia? ¿Quién
decide? Nuevamente ¿Qué lugar para
el deseo?
Cada
una de las situaciones nombradas anteriormente,
puede dar a pensar que se sufre de algo que padece
la mayoría en las mismas circunstancias. Cuando
no se encuentran soluciones por sí mismo
ni tampoco al compartirlas con amigos, pareja
o familiares -si los hubiera- se puede sentir por
ejemplo, que es una dificultad que hay que atravesar
solo o simplemente que se trata de una cuestión
de tiempo. Es muy importante en estos casos, saber
que hay otra posibilidad: buscar ayuda. No
es necesario pasar ese momento de angustia e
indefiniciones en soledad, es posible hacer algo
para procesar ese sufrimiento, muchas veces excesivo.
Apostamos
a que se pueda procesar el malestar a través
de la palabra; hablar tiene consecuencias para
el que habla y mucho más si se dirige
a un analista. Es una alternativa mejor
que rotular el malestar, que ponerle una etiqueta
o intentar acallarlo con sustancias o medicación –por
ejemplo-. Es verdad que muchos padecen
de síntomas similares ante las mismas
circunstancias, pero las soluciones son diversas
porque los sujetos son diversos; no hay la solución
del “para todos”; hay el caso por
caso. Se trata de poner a hablar el malestar;
de abrir un espacio donde el sujeto se manifieste
y llegue a obtener una respuesta que le sea propia;
que lo acerque a su verdad. |